Hogares desaparecidos: un pueblo tragado por el agua y la ambición de arriba hacia abajo

Estefanía Santiago es una artista visual que nació en el pueblo de Nueva Federación, Entre Ríos. Sus proyectos previos se enfocaron en intervenciones en la esfera pública de comunidades diversas, pero con su documental, Istmo (2018), creó algo más cercano a su historia personal. El film cuenta la historia de Federación, un pueblo forzado a trasladarse a causa de la construcción de la represa Salto Grande en el Río Uruguay y es parte de la muestra Fragmentos: las dimensiones sociales del golpe en el Museo de Arte y Memoria de la CPM, una exhibición diseñada para conmemorar los cincuenta años del golpe.
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(Sydney Tamsett* para ANDAR) Istmo explora una memoria heredada de la familia a través de los relatos del papá de la realizadora sobre sus experiencias en la ciudad vieja y en la nueva. Trabaja entre lo histórico y lo personal para crear una narrativa sobre la construcción de espacios de memoria. Como parte de Fragmentos aborda el tejido roto que la dictadura dejó con sus estrategias de aislamiento, atomización social, y la ruptura de la trama social, estrategias que se concretaron también a través del entorno construido.
Una pequeña pantalla con audífonos reproduce el documental en bucle en la primera sala del museo, donde se desarrolla el tema del espacio público y privado. En la escena inicial, vemos dos carreteras vacías, una imagen dentro de otra. Durante esta escena, Santiago introduce el propósito de este proyecto: “Me enfrenté con parte de mi historia que no conocí, y tejí un recorrido para explicarme mis orígenes”. Su intento fue la recuperación de estos orígenes e historias perdidas, a través de “un diálogo generacional”. Capas de imágenes, antiguas y contemporáneas, atravesado por discusiones filosóficas y relatos personales, memorias y dolor, crean un paisaje onírico basado en una realidad colectiva. Utiliza mucho en esta reconstrucción el testimonio de su papá, Carlos, con sus relatos personales sobre la mudanza, una infancia enterrada bajo la artificialidad de hoy en día sobre la que el documental excava para descubrir.
Los grandes sentimientos de soledad que aparecen a lo largo del documental tienen que ver con la individualidad de las dos historias de vida—la del padre y la de la hija. Y también, explicó Santiago, con “esta imposibilidad por parte de la hija de imaginar o escuchar aquella ciudad o sentir aquella experiencia de su padre, que ha heredado pero que no ha vivido”. Ella no puede imaginar el mundo de su papá, pero puede construir su propia interpretación, su herencia familiar, con este proyecto.
Carlos repite un detalle de su vida actual: “Todos mis sueños ocurren en la vieja Federación. Nunca soñé con esta ciudad, con esta casa”. En su inconsciente, no importa si las personas en el sueño nunca conocieron la vieja ciudad, van a estar allí. En estos sueños, recibe un pasado perdido, de un lugar que no existe fuera de la memoria, pero todavía es hogar. Santiago cuenta que el proceso de hacer el documental interfirió en los sueños de su papá: “luego de dos años de grabar y hacer varias entrevistas, mi padre, que siempre soñaba con la ciudad en pie, comienza a ver la ciudad demolida en sus propios sueños”. La historia de esta transformación muestra que el acto—a veces doloroso—de recordar puede alterar las memorias, convertirlas en algo más sólido, pero irreversiblemente diferente. El diálogo sobre los sueños y la realidad representa el conflicto entre los lugares en que queremos vivir, y los lugares en que tenemos la posibilidad de vivir. ¿Qué sobrevive en estos espacios, y en nosotros mismos?
A lo largo del documental, Carlos describe la historia del proceso de mudanza, desde su comienzo en 1946 con la afirmación del convenio binacional que “determinó que sobre el Río Uruguay a unos quince kilómetros de Federación al sur, se iba a construir la represa de Salto Grande”. En las décadas siguientes al convenio se había detenido el desarrollo en Federación “justamente por la posibilidad de que el pueblo tenga que desaparecer”, un crecimiento atrofiado por razones externas y ajenas.
“La relocalización forzada de alrededor de 8000 mil personas, la no finalización de las obras en el tiempo pactado, el abandono a la población posterior a la relocalización”, enumera Santiago y cuenta una historia de la desaparición de hogares en vez de la desaparición de individuos que caracterizaba la dictadura. Un desalojo y siguiente abandono, todo un pueblo a la deriva, físicamente, organizativamente, y socialmente. Una historia de un pueblo tragado por el agua y la ambición de arriba hacia abajo, por la eterna búsqueda del “progreso”.
Las decisiones sobre el proyecto empezaron muchos años antes de la dictadura, y la mudanza fue oficialmente sancionada en democracia en 1975, pero el gobierno militar de 1976 todavía tendría un gran impacto en la ejecución del proyecto y su simbolismo práctico.
En términos de los roles más directos de los militares en la expropiación de Federación, el documental da cuenta de la gran presencia militar de altos rangos en la inauguración de la ciudad el 25 de marzo de 1979. En esta procesión “se eligieron quince familias y Videla les entregó la llave en pergamino”. En ese momento el proyecto todavía no estaba completamente terminado, solamente la avenida comercial, donde estaba la iglesia comienza el evento. Todo es un espectáculo de poder y “servicio” para la gente, de los caprichos de los militares, apoyado por las otras sucursales constitutivas de la dictadura: los sectores cívicos y eclesiásticos. Estos tres sectores trabajaban juntos para la apropiación y control del espacio público y privado, en Federación y más allá.
El plan sistemático de la dictadura usaba aislamiento, atomización social, y la ruptura de la trama social para facilitar un ambiente de miedo y control. En Federación, esto ocurrió a través del entorno construido. En la nueva construcción “no … se respetó una conformación de barrios de la vieja ciudad, sino que se hicieron viviendas de cuatro niveles de categoría y después se sortearon”. Era una construcción artificial sin respeto por los patrones previos de vida en la vieja ciudad, una muestra del tejido roto que la dictadura dejó. La arquitectura de artificialidad de la nueva Federación sirvió como instrumento de poder y control, con sus formas cuadradas y regladas impuestas que incluso extendieron a aspectos de la naturaleza, como en la imagen de los patrones de luz rígidos en el piso de la escuela (Foto 3). La luz y la sombra iluminan igualmente las intenciones del espacio: la naturaleza imponente de los edificios de la escuela intentaron integrar a los niños en este “sistema de control”.
Cuestionando este carácter estéril y homogéneo de la nueva Federación, una Estefanía Santiago joven preguntó “¿Por qué todas las casas son iguales? ¿Por qué la ciudad es tan ordenada y estructurada? ¿Por qué no existe la costumbre de ir a tomar un café, por ejemplo, o ir al cine?” Para ella, hacer este documental era un ejercicio para pensar en los misterios de sus orígenes, en la construcción de su niñez, en la ruptura intencional de la trama social. Santiago lo describe claramente: “Fue el proyecto de un país que estaba en manos siniestras,” la promesa de un progreso que resultó tan vacío como la nueva Federación.
De esta manera, el gobierno lavaba sus manos de cualquier responsabilidad de crear una ciudad viva—con veredas, árboles, plazas, y individualidad—así imponiéndola en el público. Y el público respondió y se adaptó. Porque no había espacios públicos para reunirse, “las reuniones eran en casas de familias”. Respondieron a esta atomización social intencional con reuniones en casa, adaptando su espacio privado para acomodar las funciones perdidas del espacio público.
Una de las escenas finales del documental muestra a Carlos caminando hacia el agua, solo, sin ver su cara, al estilo del artista belga surrealista René Magritte. Esta representación de un mundo abandonado, de la soledad profunda, nos hace pensar en las contradicciones inherentes en las memorias aisladas que sin embargo se conectan a un pueblo entero.
Hablando de la construcción de memoria y pertenencia, Santiago dijo “Yo creo que somos seres que necesitamos a los demás y que en ese necesitarnos construimos espacios de pertenencia, mientras dure eso, es que hacemos un hogar … Lo complejo está cuando uno ya no puede volver al sitio donde creció o donde se proyectó, porque ya no existe”. Sus pensamientos indagan este tema central de espacios de pertenencia, donde florece la comunidad, los vínculos interpersonales, y el sentido de hogar.
Un hogar puede ser construido, destruido, y reconstruido, pero nunca va a ser “lo mismo” porque a algunos es imposible volver. Al final del documental, Santiago reclama que “las huellas de lo ocurrido trascienden el paisaje y los edificios”. Con esto, ella propone trascender lo físico para lo simbólico, para alcanzar lo que perdura y resiste a través del tiempo. Reconstruir un espacio desconocido a través de relatos a veces dolorosos es un trabajo arduo, pero no obstante sirve para la construcción de los espacios de la memoria perdurables.
*estudiante de antropología en William & Mary. Pasante en el MAM para el otoño de 2026

















