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ASESORABA EN LA TORTURA Y HOY LO JUZGAN GRACIAS A UNA SOBREVIVIENTE La voz del médico Di Napoli, grabada a fuego en la memoria y el cuerpo de Lidia Biscarte

Por Sebastian Pellegrino
17 septiembre, 2019
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Trabajadora de maestranza y delegada en Puente Zárate Brazo Largo durante la primera mitad de la década del 70, Lidia “la China” Biscarte fue secuestrada el 27 de marzo de 1976 en su casa de Zárate y padeció el cautiverio, torturas y violencia sexual, con heridas tan graves y duraderas que aún se revelan en sus piernas y pies. Su testimonio fue clave para el procesamiento y actual juzgamiento por crímenes de lesa humanidad contra el médico naval Omar Edgardo Di Nápoli, quien hasta 2013 ejerció su profesión y caminó las mismas calles que sus víctimas. “Nos auscultaba en la tortura y ordenaba a los verdugos que siguieran con la picana”, recuerda hoy la sobreviviente.

ANDAR en Zárate

(Agencia) Lidia tenía 20 años cuando ingresó en el área de maestranza a la mega obra de Puente Zárate Brazo Largo, construido entre los años 1971 y 1977 y aún la principal vía de comunicación entre el norte de la provincia de Buenos Aires y el sur de Entre Ríos.

Eran más de 50 mujeres para las tareas de limpieza y mantenimiento de oficinas de las distintas empresas que intervinieron en la obra, y Lidia se reconoce como “una de las que no se callaba”.

Una tarde de 1973, al ingresar a su jornada laboral –que cumplía de 18 a 22 horas, luego de que la mayoría de los trabajadores terminaban sus actividades- se encontró con una compañera más joven llorando cerca de las oficinas de Vialidad Nacional. Le preguntó que le pasaba. La respuesta fue que un ingeniero que se había quedado hasta tarde la había violentado y manoseado. Lidia se quedó con la joven y un rato después salió de la oficina el ingeniero: “Cuando lo veo acercarse, agarro el cepillo con el que estaba limpiando el pasillo y le doy unos cuantos palazos. Por supuesto, luego me detienen”, recuerda Lidia.

Al año siguiente, las compañeras de maestranza la eligen como delegada para representarlas ante la empresa contratante, aunque no podían sindicalizarse porque no estaba permitido. Todo en el trabajo era precario: desde los salarios, bajos y abonados a destiempo, hasta los elementos de limpieza que aparecían cada tanto. En cuanto a los aportes patronales, muchos años después sabrían que entre el 72 y el 76 la empresa nunca los realizó. Por ese motivo, hoy Lidia Biscarte sigue aportando para acceder a la jubilación.

Su rol como trabajadora fue el detonante lógico para que, a tres días de producido el último golpe de Estado, la secuestraran en su casa de Zárate, “una casilla muy precaria en la que vivía con mi hijo de 1 año y otro de 9. Fue a las 3 de la madrugada del 27 de marzo. Rompieron todo y se llevaron las pocas cosas de valor que una familia humilde tenía en esa época: las cadenitas de bautismo de mis hijos, algunos aros, algunas pulseras… destrozaron la puerta y me sacaron en camisón, con la cabeza tapada con la misma sábana sobre la que dormía”.

“Me meten en un Falcon con destino a la comisaría de Zárate, de donde me llevan al Cuartel de Prefectura (actualmente soy la única sobreviviente de ese centro clandestino). Allí me rompieron toda la dentadura. De ahí, me llevaron a la Base Naval Arsenal Zárate, para cruzarnos luego en un lanchón al barco Murature”, al cual otra víctima de ese centro de torturas describió como “el 9° círculo del infierno”.

En Murature, Lidia Biscarte padeció diversas prácticas de torturas, particularmente una que dejó secuelas permanentes: la colgaron, boca abajo, de sus piernas durante tiempos prolongados y sus heridas nunca fueron atendidas. “Quedé con las piernas destruidas, literalmente me faltan pedazos en las plantas de los pies”, relata.

El itinerario de las vejaciones tuvo, para Lidia, muchos otros destinos en la zona represiva que estaba bajo el mando de Campo de Mayo, la Zona 4: del barco la sacan con destino al Tiro Federal de Campana, donde permanece dos días; de allí, primero a una comisaría de esa misma ciudad y, luego, a otra de Escobar; el siguiente centro fue la fábrica de Tolueno de Campana, donde la meten, junto a otras víctimas, en tanques de almacenamiento de solventes y pierde momentáneamente la capacidad de hablar.

“La tortura estuvo siempre, en todos los lugares y momentos del cautiverio”, describe. De los tanques de solventes la llevan primero a una comisaría de Moreno, luego al Pozo de Banfield, además de 10 días en Campo de Mayo, seis meses en la cárcel de Olmos y finalmente la unidad penitenciaria de Devoto. Recuerda que “para ese entonces, éramos cadáveres”.

En la Base Naval Arsenal Zárate fue donde Lidia padeció, por primera vez, la inefable tarea del médico naval Omar Edgardo Di Nápoli, quien había llegado a esa ciudad proveniente de Azul. Su voz ronca, particular y grave, se pavoneaba en las salas de tortura con picana eléctrica bajo la forma de órdenes de un experto que evalúa la resistencia de los cuerpos y las almas de sus víctimas frente al dolor y la vejación.

“Dale, dale… seguí que aguanta…”, recuerda Lidia Biscarte de esa voz “maldita” que podía oír sin ver el rostro de quien la pronunciaba y mientras ella sentía que su cuerpo estaba envuelto en llamas.

“Nos bañaban con mangueras que tenían una fuerza  impresionante y luego venían estos degenerados, nos violaban, nos torturaban y él, Di Nápoli, venía y nos auscultaba. Les indicaba a los torturadores que aumentaran la potencia de las máquinas. Su voz no se me va a ir jamás”, describe la mujer, a 43 años de aquel martirio.

Años después de recuperar su vida y su libertad, Biscarte quedó nuevamente embarazada y debía realizarse no sólo los controles de rutina sino otros más específicos en virtud de las lesiones duraderas que la tortura y las quemaduras habían marcado sobre su cuerpo.

“Fui al hospital de Zárate por una revisión en 1983. Estaba a punto de tener a mi hijo. Un médico ya me había explicado que tenía perforada la vejiga y que si llegaba a quedar nuevamente embarazada podría llegar a necesitar una colostomía. Por eso, había mucho riesgo”, cuenta. Mientras esperaba su turno en el pasillo, escucha a dos médicos que salen conversando de una sala. Ella se sobresaltó con la voz de uno de ellos: era el inconfundible registro del médico que la había auscultado tantas veces. Era “la voz que todavía dolía en su cuerpo”.

Según Lidia, “escuché que hablaban de un paciente, de una cirugía… inmediatamente busqué a una enfermera y le pregunté por el nombre del médico. Me dijo que ese era clínico del hospital y que sería otro el que me atendería. Insistí. Me dijo su nombre y lo anoté en mi mano. Sin embargo, se me borró antes de llegar a casa”.

Perdió el nombre del torturador pero no dejó de buscarlo y, durante décadas, de denunciarlo. Ella sabía que Di Nápoli caminaba y trabajaba en la misma ciudad que ella. Debía llegarle la justicia.

Ese momento se demoró demasiado: en 2013, en el marco de un juicio por crímenes de lesa humanidad cometidos en la región bonaerense de Zárate Campana, Lidia Biscarte fue llamada a declarar como testigo y allí contó detalles sobre el médico torturador, información que se convertiría en clave para su procesamiento junto a otros altos mandos de la fuerza naval que aún no habían sido imputados.

Esa nueva causa es la que finalmente comenzó a ser juzgada en agosto de este año y que tiene como imputados a Di Nápoli, además de Santiago Omar Riveros, ex jefe de Institutos Militares de Campo de Mayo, y Jorge Bernardo, ex capitán de navío.

En una de las audiencias del debate oral –y después de la declaración testimonial de Biscarte- ocurrió una de las habituales provocaciones que ejercen los abogados defensores de genocidas. El letrado dijo, en referencia a Lidia Biscarte, que para haber padecido las torturas y vejaciones que la mujer relató frente al tribunal “se la ve muy bien”.

“En ese momento me hubiera gustado contestarle. Hubiera dicho, de haber podido, que si estoy bien es porque no maté a nadie, porque no tengo la mente asesina, porque no soy como ellos. Y a ese viejo Di Nápoli me hubiera gustado agarrarlo del cuello, pero en seguida me tranquilicé y me di cuenta que son personas que no valen la pena”, describe a ANDAR la víctima clave para el juzgamiento del médico que auscultaba en la tortura.

“No tengo dudas que será condenado por sus crímenes”, afirma hoy Lidia Biscarte, quien a pesar de las marcas físicas y espirituales inscriptas por los verdugos se emociona en cada ocasión de encuentro con sus compañeros  y compañeras de cautiverio. Así ocurrió el viernes 13 de septiembre, en Zárate, donde se llevó a cabo la señalización del Cuartel de Prefectura de Zárate como centro clandestino de detención: “Fue emocionante porque vinieron compañeros de todos lados”.

El diálogo con ANDAR concluye con reminiscencias de aquella joven “jetona”, “fuerte”, “carnal con lo que digo”, la misma mujer que hoy reafirma que nunca dejó de decir lo que debía  y que no se calla, porque “me puedo olvidar hasta del cumpleaños de un nieto pero no de lo que me hicieron”.

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