CICLO DE CONVERSATORIOS EN LA BIBLIOTECA DE LA CPM Relatos de hijas e hijos a 50 años del golpe: la escritura como puente de las experiencias personales durante el genocidio

La Comisión Provincial por la Memoria (CPM), el departamento de Letras de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) e H.I.J.O.S. regional La Plata realizaron una serie de conversatorios en los que se presentaron varios libros, en un ciclo denominado Encontrarse con la palabra. Relatos de hijas e hijos a 50 años del Golpe. Se trató de publicaciones en diferentes géneros sobre infancias en el exilio, qué significa para las y los hijos escribir para sanar, y cómo juegan en la construcción de la memoria la relación con los objetos y los sueños. Una literatura que rescata la memoria corporal, los sentires, costumbres y sensaciones que quedan fuera de los testimonios jurídicos.
ANDAR en La Plata
(Agencia) “Estos encuentros realmente interpelaron e hicieron que cada cual se identificara con lo que ahí aparecía, desde la experiencia en la dictadura, as distintas formas en que una sociedad sostuvo los reclamos de memoria y justicia, hasta pensar cómo la literatura nos habla a todos, a lo que vivió toda una sociedad”, dijo a ANDAR Margarita Merbilhaá, investigadora del Conicet y doctora en Letras por la UNLP. Y agregó: “ante explicaciones fáciles mejor preguntas y formas creativas para compartir esas experiencias y que trascienda lo individual, la mera biografía”.
La docente universitaria, profesora adjunta de Literatura Francesa en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la UNLP, destacó que los conversatorios pusieron en evidencia la sostenida aparición de escrituras de libros, en muy diversos formatos, en los que hijos e hijas “intentan aproximarse a entender y a poner palabras allí donde en las infancias hubo más bien vacío de sentido”. En cada encuentro fueron presentados dos libros, y para Merbilhaá “esta diversidad de indagaciones, de búsquedas, también se reflejó en esta experiencia interesante de poner en diálogo dos libros, en cada caso bien diferentes, es decir, que ya no es solamente una serie de puntos de vista, perspectivas, miradas que propone cada libro, sino a su vez leerlos en diálogo, lo que da cuenta de esta disposición a comprender”. A su criterio, esta modalidad permite ir “más allá de lo que sabemos y de las experiencias públicas en relación con la militancia y en torno a la defensa de los derechos humanos y los reclamos de justicia”.
Merbilhaá consideró que la producción de estos libros “también ponen en evidencia como desde hace alrededor de unos 20 años por lo menos, cuando ya los hijos e hijas dejaron atrás la infancia y también parte de la adolescencia, necesitaron desde otras vías aproximarse a quizá núcleos más dolorosos, más difíciles, individuales pero que se preguntan siempre por lo que la experiencia de la dictadura y del genocidio le hizo a toda una sociedad, de ahí que aparece la creación, el arte, la característica de heterogeneidad en las formas, en los géneros que caracteriza la escritura de hijos, entre el testimonio, la narración del sueño”.
El ciclo comenzó el 14 de mayo con la presentación de “Ahora siempre” de HIJOS La Plata, y de “El silencio de las chicharras”, de Julia Merediz. Luego el 21 de mayo fue el turno de “Materia de memoria”, de Angela Urondo y Victoria Torres junto a “Atravesando la noche”, de Andrea Suárez Córica. En tanto, el 4 de junio se encontraron “El hilo de la Memoria”, de Liliana Galeano, “Hasta ser Victoria”, de Victoria Montenegro y “Aparecida”, de Marta Dillon. Finalmente, el 18 de junio fue la presentación de “Esas sombras que habitamos”, de Mariana Corvalán y Paula Viafora, y de “Sapos de otro pozo”, de Hijas e Hijos del exilio (Camila Bejarano, Isabel Burgos, entre otres)
Otros pozos
“Fue hermoso e importante participar en uno de los encuentros, fue un orgullo y una responsabilidad compartir el proceso creativo y de edición del libro ‘Sapos de otro pozo. Cartografía colectiva de las infancias en el exilio’, proyecto del que formé parte y en el que trabajamos por casi 5 años”, dice Camila Bejarano Petersen, que participó de la actividad en representación del colectivo Hijas e Hijos del exilio.
Para Bejarano Petersen, “la posibilidad de compartir el espacio con otres hijes y sus publicaciones, con docentes-investigadoras que amorosamente leyeron los libros y ofrecieron su perspectiva y preguntas, así como el encuentro con la comunidad, nos parece sumamente valioso porque la memoria involucra el trabajo de hacer circular la palabra, la mirada, las preguntas, en torno a las violencias del terrorismo de estado y sus efectos”. Y agregó que “en particular, en nuestro caso, vinculado a las infancias en el exilio, una dimensión poco abordada y de poca visibilidad, aunque es importante señalar que se advierte un paulatino crecimiento en los abordajes, tanto desde la academia como desde otros ámbitos como el artístico”.
Según ella, que se define como realizadora, docente, investigadora y mamá, “el espacio permitió horizontalizar experiencias y dimensionar en conjunto los efectos de la violencia en una escala que suele quedar fuera de los libros de historia: el miedo; el silencio en las familias y el barrio; los efectos en nuestras trayectorias académicas tales como recursar un grado o cambiar de escuela sin mediar palabra; los diferentes mecanismos de institucionalización/naturalización de la violencia; la pérdida de los afectos, referentes y objetos de un mundo que era el conocido, etc. Un etcétera que encierra micro historias en la que la particular se conecta con lo general, pero que dotan a la experiencia de una dimensión profundamente humana y sensible”.
Consultada por ANDAR sobre diversas temáticas abordadas en los encuentros, Bejarano Petersen convocó a sus compañeras de agrupación Hijas e Hijos del Exilio a dar respuestas en conjunto. Así, se expresaron también Inés Abeledo, Yahmila Salomón, Magalí Rud Otheguy y Violeta Burkart Noé.
La agrupación cumplió 20 años y la propuesta del libro surgió de manera colectiva con una convocatoria abierta en la que recibieron más de 100 envíos de diferentes personas de más de 20 lugares del mundo. “Había una necesidad de ‘hablar’ del tema, de sacarlo para afuera. Muchas de las personas que enviaron sus textos, fotos, cuentos, relatos, fragmentos de cartas, cassettes, hablaban públicamente de sus infancias en el exilio por primera vez. Y ello, además de ser una primera vez de nombrar y materializar, implicó conectar su experiencia con la de otres. Es decir, establecer un vínculo entre lo individual y lo colectivo; entre lo privado y lo público. La convocatoria abrió la oportunidad de recordar y compartir vivencias / experiencias / recuerdos personales, familiares, íntimos, tal vez nunca antes puestos en consideración más allá del ámbito familiar y conversaciones ocasionales”, evocan las hijas.
“En este sentido, el libro no solo fue un espacio para escribir nuestras vivencias: es una puerta hacia nuestra historia colectiva y un puente para reencontrarnos con muchas, muchos, hijas e hijos del exilio. Pasar de la soledad al encuentro es otro modo de sanar”, agregan.
Para las hijas el proyecto tuvo dos tiempos de sanción o reparación simbólica: primero fue el hecho de hablar, en muchos casos por primera vez; el segundo tiempo fue el de los espacios de encuentro e intercambio durante las presentaciones del libro. Desde su publicación, la agrupación Hijas e Hijos del Exilio del libro participó ya en más de 20 actividades en diferentes puntos del país, e incluso en actividades virtuales internacionales.
“El tema del exilio, las infancias, sus experiencias, se va visibilizando en su complejidad y en su omisión histórica. Señalar que no había sido abordado, también es importante. No como reclamo, sino como dato que permite indagar en los niveles en los que opera la violencia y lo complejo, trabajoso, pero al mismo tiempo imprescindible, que es construir memoria, narrarnos, expresarnos. Por una parte, como se plantea en la pregunta, como un modo de reparación o sanación. Y por otra, porque si bien la memoria no garantiza que los hechos horrorosos vuelvan a suceder, el olvido y la negación definitivamente sí lo hacen” valoran Bejarano, Salomón, Otheguy y Burkart Noé.
Pedacitos de infancia
En Hijas e Hijos del exilio tienen una suerte de ritual: cada vez que alguien se suma, se presentan recuperando un pedacito de esa vida exiliada. El libro surgió de esos ecos que nacían de escucharnos en las rondas o whatsapp de bienvenidas. “El libro puso en la Historia con mayúscula la historia de una parte de las fracturas y traumas que ocasionaron las dictaduras latinoamericanas de la década del ‘70 y de 60’. Intenta, y creemos que lo logra, romper con el falso, pero tan dañino, estigma del ‘exilio dorado’”, aseguran.
“Por otra parte, revaloriza las infancias, porque si bien nuestros padres sufrieron el exilio, la cárcel, la tortura o el terror de vivir en una dictadura, las infancias también vivimos eso, muchas veces en silencio, sin poder nombrarlo. Pero en esta creencia de que la niñez es inocencia, o maleabilidad, se cree que estas niñeces no fueron (fuimos) objeto (conscientes o inconscientes) de nada de lo que (nos) pasó. Como si simplemente se hubieran dado procesos de adaptación ‘natural’ a un entorno nuevo. Si hubo procesos de adaptación, no fueron neutrales: no nos quedó otra, pero no fue “bien”. Fue a costa de mucho sufrimiento y en algunos casos, una experiencia que se replicó debiendo migrar muchas veces, a varios países”, agregan.
El exilio no es una decisión, es una imposición y los objetos en las infancias exiliadas, como son los juguetes, fueron mucha veces casi lo único que las autoras del libro rescataron de sus propias infancias en el exilio. “A través de ellos podemos conectarnos, emocionarnos y escribir. Hay varios textos en el libro que cuentan historias sobre esos ositos, escarpines, chanchitos de historia que se materializan en objetos cargados de historia y de poder evocador”, cierran.

















